martes, 11 de enero de 2011

Miedo (II)

Ahora que lo pienso, durante esas seis semanas me dediqué a comer y dormir (si exceptuamos todo lo que lloré, claro). Los días se me pasaban despacito, pero te puedo asegurar que cada segundo se me clavaba como si fuese un aguijón, y terminé haciéndome inmune a esos pequeños pinchazos. De vez en cuando (normalmente cuando me daba cuenta de que ya había pasado otro día mas) sentía un dolor indescriptible en general, como cuando estás enfermo y todo lo que te toca te da un escalofrío, pero elevado a la máxima potencia posible. Tu capacidad de destruirme ha sido lo que te ha hecho caer. Te lo digo para que no me vengas con cuentos. Ah, por cierto, si, te he olvidado.

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